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 Lágrimas de hiel

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AutorMensaje
Delos Klar
Hombre-lobo


Mensajes : 1245
Fecha de inscripción : 09/09/2008
Edad : 23
Localización : En casa de tu novia, ignora los gritos xD

Ficha del personaje
Criatura: Hombre-Lobo
Descripción física: Alto y fornido, de complexión atlética y mirada pétrea. Ojos almendrados y pelo negro zaino muy rebelde. Moreno de piel.
Carácter: Es orgulloso y soberbio, provocador e inteligente, impulsivo, de mente fría y corazón caliente. Confía en muy poca gente, pero en la que confía podría seguirles hasta el mísmisimo infierno. De personalidad caótica y desesperante, odia a todo el mundo, solo busca el poder, no ha encontrado a nadie de su altura. Irónico y sarcástico. Se basa en una verdad absoluta, no tiene pelos en la lengua. Misántropo.

MensajeTema: Lágrimas de hiel   Mar Oct 14, 2008 4:35 pm

Seh, son lágrimas de hiel, no de hielo, si no sabéis que es lo buscaís en el diccionario xDD

No hombre, lo he buscado para aqulla gente vaga que prefiere pasarse horas delante del ordenador que ir a mirar el Santo Diccionario.

Hiel:
Amargura, aspereza o desabrimiento

Solo he dicho a la que yo me refiero, las demás... buscadlas si os pica la curiosidad xD



Sobre la fiesta que vivía aquella ciudad pululaba un viento con voluntad, nostálgico.
Antaño la ciudad era hermosa y simpática en las fiestas.
Barrios enteros festejaban y festejaban durante días las fiestas.
Ríos de alegría corrían por los corazones de los ciudadanos, eran las fiestas.
Igual que los niños los adultos jugaban, se divertían, disfrutaban.
Nunca se ha vuelto a vivir aquello, nunca, solo amargura y tristeza.
Antaño es antaño y hoy es hoy y hay que aprender a vivir, aunque sea difícil.



Esboce aquella típica sonrisa medio irónica que haces cuando te pregunta algún adulto y que, o bien no le oyes o no quieres contestar, la sonrisa en sí no da ninguna respuesta, ni sí ni no. A la personas normales aquella sonrisa les hace cesar en las preguntas y no les da ninguna respuesta. Pero aquel tipo no era normal. Llevaba su canoso pelo recogido en una coleta que le caía hasta la cintura, tenía una barba de varios días, también cana y unas gafas normales, lo único normal en el. Pero lo más extraño no eran sus pintas, era su sonrisa, era una sonrisa de niño gastada, de esas que tan poco se ven ahora, la envidia de cualquier persona, una sonrisa de verdad, simpática, agradable. Y no hacía más que utilizarla, mostrando su sonrisa de niño a todos, exhibiéndola. Iba vestido con unos pantalones remendados mil y una veces por la misma mano pero limpios y, aunque parezca increíble, elegantes, una camisa blanca inmaculada, con un cuello doblado meticulosamente y unos mocasines negros que lucía con orgullo. Se había vestido con sus mejores galas para aquella cita. Tras la sonrisa que lucí en mi rostro acercó su inmaculada boca con los dientes más blancos que jamás vi al oído de mi padre y le susurró algo. No era necesario ese gesto para que no me enterara, con el ruido que reinaba en aquel café no podría escuchar ni una orquesta entera. Ante el comentario de aquel hombre los labios de mi padre se curvaron invocando una sonrisa como la del hombre, de niño, una sonrisa que nunca le había visto lucir desde el fallecimiento de mi hermana. A mis trece años solo había visto unas cuantas sonrisas de niño de verdad en mi vida, de esas que mi madre me cuenta por las noches que antaño existieron, de las que siempre soñé, las que añoré. Alargué la mano para coger el vaso de Coca-Cola que me estaba bebiendo, era el único refresco que había sobrevivido tantos abandonados años, situándose a las puertas del siglo XXV, más concretamente del 2399. Me bebí lo poco que quedaba de un trago, el familiar sabor me refresco la boca y la garganta, por no decir todo el cuerpo. Mi padre dejó algunas monedas sobre la mesa y se levantó a la par que el hombre de pelo cano. Yo hice lo propio y seguí a mi padre y a su amigo fuera de aquel lúgubre local situado en una de las callejuelas de Zaragoza, dejado de la mano de Dios y de la ley, afortunadamente. Tras salir de la taberna atravesamos el callejón y salimos a una de las calles principales, la calle Da Coper, esta cruza toda Zaragoza, desde el norte hasta el sur. Afortunadamente en aquellas horas ninguna cabalgata cruzaba la calle, aunque se sentían desde la distarían los bramidos de los grandes tambores que sonaban animados por los vítores de la gente. No pasaba mucha gente por allí, tan solo un pequeño grupo de borrachos que se habrían extraviado buscando el camino a su hogar y algún que otro transeúnte aparentemente normal. En un cartel que colgaba vagamente de un edificio y que se balanceaba suavemente mecido por las tiernas y suaves manos de la brisa invernal que recorría Zaragoza, habían puesto algo referente a las fiestas que han comenzado. Malo. Siempre recordaré aquellas infernales y fatales fiestas, iguales durante todos los años. Las fiestas se celebraban en todo el mundo, desde Zaragoza hasta Pekín. Consistían en una gran cabalgata en la que se armaba mucho ruido, todo el posible para avisar, esa parte no estaba mal del todo, no me gusta el ruido pero lo tolero, pero lo malo es lo que viene a continuación. En cada ciudad, pueblo o aldea hay una zona baja, los suburbios. Hace centenares de años que todos los libros se guardan en esas zonas, junto con los escritores, bibliotecarios y demás personas que aman la literatura y lo que ella representa. Pues bien, después de la cabalgata, todo el populacho entra en los suburbios para hacer la quema de los libros. Entraban armados y mantenían a raya a los desgraciados que se ocultaban allí de las marginales miradas y actitudes del pueblo y quemaban todas las obras de arte que encontraban allí. Horrible. O eso es lo que hago creer a mi padre, la verdad es que odiaba los libros y la literatura, incluso este año esperaba poder participar escapándome de casa. De todas formas todavía quedan un par de días para la quema de libros, estas solo son las cabalgatas menores. Sigo a mi padre y su amigo hasta que llegamos a otra de las calles principales, la Zuberrata, donde mi padre y mi madre tienen una rica joyería, la mejor de la ciudad, aunque el humilde de mi padre argumenta en su defensa que la del señor Alberto es la mejor de toda la ciudad, aunque la nuestra tenga piezas y mecanismos inmejorables e inigualables. En la puerta de la joyería que porta por título Rodríguez, por el apellido de la familia, despedimos a nuestro extraño acompañante. No había escuchado ni una sola palabra de la conversación que mi padre, Luís, y aquel extraño hombre de la sonrisa, pero, a juzgar por la sonrisa de mi padre al despedir a nuestro amigo, mientras yo le miraba de reojo, la conversación le ha sido agradable y simpática. Entro a la joyería secundando a mi padre. No había nadie en ella, tan solo estaba mi madre, mi estupenda madre, en el mostrador, repleto de joyas y sortijas, haciendo bordados. En cuanto nos vio sus labios se curvaron suavemente para construir una sonrisa tierna…perfecta, la que solo una madre puede esbozar. Dejo lo que cosía sobre el mostrador y se acercó para abrazarnos. Primero se acercó a su hijo, yo, me abrazó con cariño, fuerza, amor… Respondí al abrazo de mi madre, Carlota. Después se dirigió a mi padre, al abrazarle con la misma ternura que a mí mi padre le susurró algo al oído que hizo que mi madre dibujara una sonrisa de alegría y noté un brillo especial en los ojos, algo parecido a esperanza. Mis padres se fueron a la trastienda, ha hablar. Me acerco a la trastienda en un profundo sigilo y me quedo escuchando en la puerta, pero parece que no funciona.
_Alejandro…Aunque te ocultes de mi mirada respiras_ dice mi padre tranquilo_ a tu cuarto, anda.
Mierda. Error de cálculo. Subo por las escaleras hasta nuestra casa. La joyería y la casa están en el mismo edifico de dos plantas, las dos nuestras. Abro la puerta de casa con llave y observo un inmaculado pasillo de color carmesí que termina en un salón donde se sitúan una mesa, una estantería vacía, una televisión, una alfombra, sillas y un par de sillones, también una balconada que da a una urbanización y a un parque con un pequeño intento de lago que se quedó en un riachuelo por el que corre un agua bastante pura que llega desde las montañas y para en una hermosa fuente con forma de pluma. Me quito la cazadora negra como la noche que me había puesto para ir a tomar un café con mi padre y muestro una camiseta blanca como la nieve en la que se puede leer la inscripción: 12921916. No sé lo que significa si tiene algún significado pero mi difunta hermana la llevaba y mi padre me regaló otra igual, la llevo para guardar su memoria. Me tumbó en el sofá y enciendo la televisión. Un aburrido canal de noticias aparece en la televisión. Apago la televisión y me voy a mi habitación. Vuelvo al pasillo y abro una de las puertas que hay en el. Se abre otro pasillo que llega a una gran habitación, la mía. Camino despacio y entro.



Alá, aquí está el primer pedazo de mi historia, disfrutadlo ^^
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Naminé
Vampiresa


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Ficha del personaje
Criatura: Vampiresa
Descripción física: Es una chica esbelta, de largas piernas. Su piel blanca como la nieve contrasta con el rojo vivo de sus carnosos labios a los que flanquean colmillos como el marfil. El pelo largo, cae en tirabuzones de color rojo anaranjado. Los ojos turquesa, simpre marcados con linea negra, escrutan cada detalle
Carácter: Es bastante tímida y controla bien sus instintos vampíricos. Es correcta y amable pero a veces puede resultar demasiado inocente.

MensajeTema: Re: Lágrimas de hiel   Lun Oct 20, 2008 5:09 pm

Hojojoooooooooooooooooooo esta muy pero que muy bien, Pera
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Delos Klar
Hombre-lobo


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Ficha del personaje
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Descripción física: Alto y fornido, de complexión atlética y mirada pétrea. Ojos almendrados y pelo negro zaino muy rebelde. Moreno de piel.
Carácter: Es orgulloso y soberbio, provocador e inteligente, impulsivo, de mente fría y corazón caliente. Confía en muy poca gente, pero en la que confía podría seguirles hasta el mísmisimo infierno. De personalidad caótica y desesperante, odia a todo el mundo, solo busca el poder, no ha encontrado a nadie de su altura. Irónico y sarcástico. Se basa en una verdad absoluta, no tiene pelos en la lengua. Misántropo.

MensajeTema: Re: Lágrimas de hiel   Lun Oct 20, 2008 6:07 pm

Seh, las Peras somos así Cool

Y procedo a colgar cacho


Hay una cama de agua, ya sabéis, caprichos de uno, una mesa donde hacer las tareas, una pequeña televisión con una consola, una estantería con decenas de muñecos de una serie llamada D. Gray Man, la única serie que ha sobrevivido, según cuentan, desde el 2004. Me asomo por la ventana de mi habitación, que da al centro de la ciudad y noto la brisa fresca en mi rostro, la agradezco y observo que las cabalgatas ya llevan mucho tiempo recorriendo la ciudad, pronto desfilarían debajo de mi ventana. Me voy a lavar la cara al baño de mi cuarto. Que tus padres tengan la mejor joyería de la ciudad debe de tener sus ventajas ¿no? Dejo atrás las paredes azules de mi habitación y entro en el baño de blancos azulejos. Me miro en el espejo y me observo, me tenía muy visto. Mi pelo negro zaino se mantenía igual de rebelde que siempre, mi tez morena seguía en su sitio, igual que mis ojos verdes, i nariz respingona y mi hoyuelo en la barbilla. Perfecto. Abro el grifo y cojo un poco de agua, me baño la cara. Levanto la vista hacía el espejo y veo que el agua me cae por la cara y que unas moradas ojeras se forman en mis ojos. Oigo como la puerta cruje y un estruendo envuelve la casa. Mi hermana. Le habrán vuelto a decir mis padres que vuelva a casa, que no quieren que vaya por allí con Sara, una de sus amigas, que, según por lo que ha llegado a mis oídos y, estoy seguro de que la información es de buena tinta, es una chica barriobajera que fuma, bebe y demás actividades insanas. Oigo voces y me asomo la cabeza por la ventana. Bajo la vista y observo a Sara hablando con mi hermana, Raquel, asomada por la ventana también. Sara me ve y me dirige un breve saludo con la mano. Raquel me saluda con una sonrisa forzada y yo deduzco por la sonrisa que no debo escuchar aquella conversación. Vuelvo a meter la cabeza en la habitación y me lanzo a la cama de agua y noto como las ondas del agua sacuden mi cuerpo, otorgándole un descanso con masaje incluido. Miro mi reloj: las 18:09. Suspiro y voy cerrando los ojos poco a poco hasta que caigo en los amables brazos de Morfeo.



Abro los ojos de golpe. Me quedo mirando a mí alrededor, observando. Finalmente me desperezo y me levanto de la cama de agua. Miro mi reloj: 20:54. Salgo de mi habitación y voy hacía el comedor. Escucho las voces de mi hermana y mis padres hablando. Estaban sentados en la mesa viendo la tele y parecía que estaban a punto de cenar. Raquel me ve y esboza una sonrisa socarrona:
_Parece que la bella durmiente se ha despertado de su largo letargo…
Se me hincha la vena del cuello frente a su comentario y con todo mi genio borde contesto:
_No sabía que los monos hablaran.
Raquel dirige la mirada hacía un lado y suspira, mi padre, muy astuto la coge justo en el instante en el que pretendía saltar a por mí.
_Tranquila, tranquila.
Dice mientras vuelve a sentar a Raquel en la silla. Raquel es dos años mayor que yo, una chica alta, pero un poco más baja que yo, con el pelo negro como la antracita, su piel, al igual que la mía es morena, unos ojos castaños y una nariz respingona adornan su cara. Mi madre llega con la cena y la pone sobre la mesa. Ceno rápidamente sin cruzar ni una mísera palabra con nadie. La siesta me había dejado más exhausto que antes de irme a dormir. Me levanto de la mesa, recojo mi plato y mis cubiertos y me dirijo hacía mi habitación. Me meto rápidamente a la cama, en busca de una sensación de confort, de relax, de descanso. Pero al cerrar los ojos viene a mi mente la sonrisa de aquel hombre, la sonrisa de mi padre, la sonrisa de niño. Parecía que aquella imagen se había quedado grabada a fuego lento en mi memoria. Abro los ojos, suspiro, vuelvo a cerrar los ojos y rezo para que aquella sonrisa tenga clemencia y me deje dormir tranquilo.



Me despierta un estruendo tremendo. Abro los ojos. Puedo distinguir el contorno de los muebles de mi habitación debido a que la luz del pasillo yacía encendida. Me levanto lentamente alentado por la curiosidad pero tentado por el cansancio a echarse de nuevo a la cama. Ando descalzo por el frío suelo de tarima flotante de mi habitación y un escalofrío recorre mi cuerpo desde los pies a la cabeza. Escucho susurros, mis padres. Veo una sombra y espero para ver a quien obedece. Era mi padre, con una enorme caja entre los brazos. Se queda plantado, mirándome con una expresión de sorpresa pintada en su cara como si de un lienzo se tratara. Mi expresión también expresa sorpresa, pero con ligeras pinceladas de curiosidad.
_ ¿Qué llevas ahí?
Pregunto. Mi padre responde fugazmente:
_Joyas, sortijas y… bueno, más de esas baratijas que tanto valen.
Suelto un fingido suspiro de alivio y observo que el señor del café, el de la sonrisa, aparece por detrás de mi padre con otra caja. Me ve y repara en el número de mi camiseta 12921916. Me mira a mis ojos y se permite dibujar una de esas tiernas y suaves sonrisas de niño, después me dice:
_Hola, yo soy Alberto_ su voz era ronca, pero suave y armoniosa, tranquilizadora, se dirige a mi padre y le dice_ ¿se involucra ahora, a su edad?
Al escuchar esa pregunta una montaña de preguntas me sobrevino. ¿En qué me he involucrado? ¿En qué estaba involucrado mi padre? ¿Era peligroso en lo que me he involucrado? ¿Hay vuelta atrás? ¿Quién era ese tal Alberto? Por unos instantes mi cerebro se quedo bloqueado y no fui capaz de emitir palabra alguna, pero mi padre lo hizo por mí después de un largo suspiro:
_Alberto, todavía no se lo había contado y, me parece que todavía no se tendría que enrolar en este asunto.
Después de escuchar sus palabras, Alberto, asiente comprendiendo, se encoge de hombros y sigue caminando con la caja entre sus brazos, dirigiéndose al salón. Miro a mi padre con una expresión de sorpresa con ligeros brochazos de rabia.
_ ¿Qué me tenías que contar?
Digo intentado contener la rabia que mantiene retenida en mi interior, luchando con violencia por salir. Mi padre comienza a andar hacía mi cuarto, sujetando todavía la caja, yo le sigo despacio y manteniendo la distancia. Cuando llega a mi habitación se sienta despacio en la cama de agua, dejando la caja en el suelo. Yo enciendo la luz, que, por unos instantes se ciega mientras mis ojos se adaptan a la claridad de la luz de la bombilla. Tras recuperarme de mi breve ceguera me siente al lado de mi padre. Este me mira a los ojos y se permite esbozar aquella sonrisa de niño, tan tierna y, sobre todo, verdadera.
_Bueno, hijo, hay algo que quiero decirte desde hace mucho tiempo_ continua_ Sabes que la literatura ha estado prohibida desde hace centenares de años ¿verdad? También sabrás que en las ciudades la literatura se atrinchera, resistiéndose a dejar las ciudades y la gente, en los suburbios ¿no? Pues bien, nosotros, tu madre y yo…_ en este instante me pareció ver que los ojos se le llenaba de lágrimas_ y tu difunta hermana Anabél, somos partidarios de la literatura, como tu_ “A veces es mejor una mentira piadosa que la verdad” pienso_ pues Alberto es uno de los desgraciados que viven en los suburbios y, como sabes, mañana será la quema de libros_ una sonrisa se materializa en su cara_ pues nosotros vamos a guardar muchos de esos libros en nuestras estanterías para evitar que se quemen. ¿No es maravilloso?
Saca un libro de la caja. Siento que el mundo se cae bajo mis pies. Ya vivía con el drama cada día de pensar que mis padres amaban la literatura y lo que ella representaba, luchaba para que nadie lo supiera. Incluso engañaba a mis padres para que fueran felices pensando que su hijo también amaba aquella aberración, pero, incluso mentir para ser bondadoso tiene su precio, el precio de la familia. Todo en lo que había creído, llevar una vida normal, alejada de la literatura, ahora se desvanecían ante mis ojos. Tenía ganas de salir corriendo, de olvidar a mi familia, de empezar una nueva vida o, mejor, tirarme al río y dormitar para siempre. Toda la rabia que tenía se materializa en forma de cristalinas lágrimas que resbalaban por mi cara. Mi padre observa mis lágrimas con desconcierto. Yo le miro a los ojos y no puedo evitar salir corriendo, con la esperanza de dejar el mundo atrás, de sumirme en mi propia melancolía y olvidar todo lo demás, de morir de pena. Salgo corriendo y dejo a mi padre sentado en la cama desconcertado y, al volver la cabeza me parece ver que con lágrimas en los ojos. Olvido esa imagen, no necesito más pena. Salgo de casa y bajo las escaleras hacía la joyería, al llegar veo a mi madre. Recuerdo su sonrisa y me quedo paralizado. No puedo abandonar aquello, mi familia, los quiero. Estúpidos sentimientos. Cierro los ojos para no ver a mi madre y salgo de la joyería, abro los ojos de nuevo y veo un gran camión en el que hay montones de cajas. Sigo corriendo calle abajo, con la única compañía de la luz de las farolas y la soledad. La luz de las farolas rasgaba la ligera bruma matinal como un cuchillo. No hay ni un alma por la calle, tan solo se escuchaba el silencio y el ruido de mis pasos sobre los charcos que bañaban el suelo, había llovido. No me importaba que dirección había cogido, no tenía rumbo, solo quería dejar atrás a aquellas personas que habían arriesgado mi vida y me habían condenado a la perdición por un sueño imposible. Recuerdo aquellas sonrisas de niño que ahora me parecen estúpidas. El compás de mis pasos marcaba el ritmo del vals que bailaba el juego de luces y sombras que se encontraban con mi paso mientras me alejaba cada vez más de mi familia. Continúo corriendo, perdiéndome en el laberinto de Zaragoza amparado por la luz de las farolas. Intento centrarme en correr y olvidar todo lo demás. Pronto llego al Paseo de Oreta, un gran paseo con muchos bancos, árboles, jardines y una hermosa fuente que se alza en mitad de aquel maravilloso paseo. Me siento en un banco de madera, cerca de la fuente, tan cerca que puedo notar como pequeñas gotas de agua salpican en mi cara. Suspiro, el corazón estaba a punto de salírseme del pecho, un extraño dolor me sorprende. Me duele el corazón, es una sensación extraña, muy extraña, son sentimientos de haber defraudado a mi padre, a mi madre. No podía evitar ponerme en su lugar y llorar por su pena y la mía. Rompí a llorar. Les había defraudado, habían perdido a un hijo. Les quiero pero…Luchan por otra causa. ¿Por qué soy tan estúpido? ¿Por qué no puedo dejar pasar esto? ¿Por qué no puedo decirles lo que siento, seguro que lo comprenderán? Sigo llorando, ahogándome en mi propia estupidez, lo peor es que no hay vuelta a atrás, ya no me querrán como hijo, no puedo volver, no puedo volver a mirarles a los ojos. Me odio y me odiaré siempre. Solo hay una solución. Me levanto del banco y comienzo a caminar para cruzar el paseo. El ruido de la fuente camufla mis débiles gimoteos. Estaba dividido, por una parte los odio porque arriesgan mi vida y la suya por una utopía, pero por otra parte les quiero, porque son mis padres. Me gustaba estar solo, me ayudaba a pensar. Pero quizás pensar mucho es malo. Me centro solo en caminar, ya había encontrado la solución, pero el dolor no se va. Lo ignoro y sigo caminando. La atenta mirada de la Luna me acompaña con la soledad. Llego al final del paseo y me detengo frente a la pasarela donde termina mi camino. Suspiro y llego hasta ella. Debajo se situaba imponente el río Ebro. Miro a mí alrededor, no hay nadie, mejor. Me subo a la valla que protege de la gran caída hasta el río. Lucho por mantener el equilibrio en la barandilla. Dirijo mis pensamientos hacía mis padres y mi hermana. Estoy a punto de lanzarme al vacío pero no puedo, algo me retiene. No puedo evitar verles llorar por mi muerte. Pero para librarme de eso estoy aquí, para librarme de aquellos estúpidos sentimientos humanos. Tenía pensamientos totalmente caóticos. Armándome de todo el valor que me era posible salté al vacío, dejándome llevar por la esperanza del fin de mi tormento, pero atormentado por la visión de mi familia llorando. Noto el agua del río. La caída no me había matado, pero me sumerjo en el agua para morir ahogado mientras sigo teniendo pesadillas poniéndome en el lugar de mi familia. Estúpidos sentimientos.
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